Arqueología

La arqueología se ocupa del estudio y clasificación de los restos prehistóricos y antiguos.

Ciencia que estudia los restos materiales originados por el ser humano a lo largo de la Historia, los cuales se encuentran frecuentemente enterrados u ocultos en cavidades naturales. Etimológicamente el término proviene del griego archaia que significa “antiguo” y de logos, que significa estudio o ciencia. Tradicionalmente la arqueología se ha ocupado de los restos de la prehistoria y la antigüedad, pero en los últimos años su ámbito de estudio se ha extendido a épocas más recientes. En la actualidad, la arqueología no se limita a describir los objetos encontrados en las excavaciones, sino que los utiliza como instrumento para interpretar el pasado. Para ello los arqueólogos trabajan normalmente en relación con otras disciplinas científicas como la historia o la antropología y con el apoyo de técnicas desarrolladas por la física o la geología.

La arqueología a lo largo de la historia

El interés por los restos de las culturas antiguas surgió en Europa durante los siglos XV y XVI, de la mano de la tendencia renacentista de búsqueda de las fuentes del saber en la cultura clásica grecorromana. Desde entonces y hasta finales del siglo XVIII, las elites cultas y los aficionados al arte llevaron a cabo una labor de recopilación de restos antiguos, aunque con fines coleccionistas más que científicos. Las excavaciones de las ciudades romanas de Pompeya y Herculano, llevadas a cabo en Italia en el siglo XVIII, supusieron un paso adelante en la configuración de la arqueología como ciencia. Ya en la década de los años setenta del siglo XIX se produjeron nuevos avances con los trabajos realizados en Asia Menor y Grecia, por Heinrich Schliemann en las excavaciones realizadas en Troya y Micenas, y por Ernst Curtius en Olimpia.

Este tipo de arqueología, dedicado a la búsqueda de tesoros de la antigüedad, fue el predominante hasta mediados del siglo XIX, de la mano de la expansión europea en regiones de Asia y África que habían sido cuna de antiguas civilizaciones, dando lugar a importantes hallazgos. En Egipto, tras la invasión napoleónica, el deseo de conseguir preciados tesoros antiguos dio lugar a numerosas expediciones arqueológicas, cuya actividad desembocó en la aparición de obras pioneras como la Description de l'Egypte, publicada entre 1809 y 1828. En 1822, Jean François Champollion consiguió descifrar la escritura egipcia antigua, lo cual permitió a los historiadores llevar a cabo estudios más rigurosos de esta cultura.

También en Mesopotamia se realizaron notables progresos en el conocimiento de las antiguas civilizaciones. En 1846, Henry Creswicke Rawlinson consiguió descifrar la escritura cuneiforme, y las excavaciones posteriores sacaron a la luz restos de una civilización hasta entonces desconocida, la de los sumerios.

No obstante, el paso definitivo hacia el establecimiento de la Arqueología como ciencia surgió de una corriente paralela, no tanto ligada a la colección de tesoros, sino a la ciencia en sí. El espíritu científico que se desarrolló durante el siglo XIX permitió que ciertos hallazgos arqueológicos realizados en Europa fueran datados en una época muy anterior a la establecida como origen del mundo en la cronología cristiana. Este acercamiento con criterios científicos a los restos arqueológicos se vio impulsado por los avances experimentados por ciencias como la geología. Precisamente esta relación de la arqueología con otras ciencias constituirá una de las características esenciales de la moderna arqueología.

Los nuevos métodos de datación geológica basados en la estratigrafía, que se desarrollaron a partir de la década de 1830, confirmaban que la antigüedad de los restos fósiles era mucho mayor que la comúnmente aceptada hasta entonces. La aceptación generalizada en el ámbito científico de la teoría de la evolución propuesta por Charles Darwin no hizo sino estimular el interés por conocer la evolución de la humanidad desde su pasado más remoto y, por tanto, supuso un gran empuje para la arqueología. La diferencia con los enfoques anteriores era sustancial, pues el objetivo ya no era rescatar o coleccionar tesoros de civilizaciones antiguas, sino conocer cuál había sido la evolución humana y cómo se habían organizado y transformado las civilizaciones antiguas. Durante el siglo XIX, la arqueología nació como ciencia.

Los logros de la arqueología

Los descubrimientos de herramientas y pinturas prehistóricas en Europa a lo largo de ese siglo, permitieron a los arqueólogos descubrir cómo fueron las condiciones de vida de la humanidad antes de la invención de la escritura, abriendo un campo de investigación hasta entonces desconocido. Los arqueólogos escandinavos C. J. Thomsen y su discípulo J. J. A. Worsaae recopilaron y clasificaron una considerable cantidad de restos en el museo de Copenhague, institución que inició su actividad en 1819 y que tuvo gran importancia en los primeros años de la arqueología. A sus trabajos y a la descripción posterior de Lubbock se debe la primera clasificación de la prehistoria en cuatro períodos (paleolítico inferior, paleolítico superior, neolítico inferior y neolítico superior), que sigue estando vigente en la actualidad.

En el último cuarto del siglo XIX, una serie de descubrimientos propiciaron un gran avance en el conocimiento de la prehistoria. Algunos de estos descubrimientos, como el de las cuevas de Altamira (Cantabria, España) o las de Lascaux (Dordoña, Francia), fueron resultado de la casualidad, pero su hallazgo se produjo en un ambiente científico favorable que pronto dedicó sus esfuerzos a analizar e interpretar las sorprendentes muestras de arte rupestre.

A lo largo del siglo XIX y especialmente durante el XX, numerosas técnicas desarrolladas por otras ciencias se fueron incorporando a la arqueología, dotándola de unos sistemas de trabajo propios. Entre estas nuevas técnicas, destaca por el gran avance que supuso el método de datación basado en el carbono-14. Este método, desarrollado en 1948 a partir de las investigaciones de físicos nucleares de la universidad de Chicago, se basa en la radiactividad desprendida por un tipo particular de carbono (el carbono-14), que permite establecer con bastante precisión la edad de los restos orgánicos con una antigüedad de hasta 40.000 años, lo que repercutió en grandes avances en la arqueología.

Los trabajos de investigación arqueológica se extendieron a lo largo del siglo XX al continente americano, donde se debieron desarrollar nuevos métodos de datación, dado que el aislamiento del continente respecto a otras culturas no permitía utilizar datos conocidos para fechar y analizar los nuevos hallazgos. La arqueología americana, por tanto, se vio obligada a empezar de cero en muchos aspectos y a buscar sus propias técnicas, como la dendrocronología, que se basa en el análisis de crecimiento de los anillos de los árboles para, a partir de la determinación de la edad de la madera, fechar los restos arqueológicos encontrados. Esta técnica permite analizar restos con una antigüedad de unos 2.500 años.

A mediados del siglo XX surgió una corriente dentro de la arqueología norteamericana que criticaba el excesivo historicismo de la arqueología tradicional y proponía un enfoque más antropológico, basado en criterios exclusivamente científicos. Esta corriente, conocida como Nueva Arqueología, se desarrolló, especialmente en los Estados Unidos durante los años sesenta y setenta, con el objetivo de explicar los procesos de cambio cultural de las sociedades. Aunque sus objetivos últimos no fueron alcanzados, su enfoque científico y antropológico ha ejercido una notable influencia sobre la arqueología actual.

Metodología de trabajo

La misión del arqueólogo no termina por supuesto con el descubrimiento y extracción de los restos encontrados, sino que el trabajo científico continúa mucho después hasta obtener todas las conclusiones posibles sobre el material encontrado. En consecuencia, el trabajo del arqueólogo se puede dividir en dos partes:

Trabajo de campo

Es quizá la parte más conocida de la labor arqueológica, y consiste en la localización y extracción de los restos que se quieren estudiar. Dentro de esta etapa de trabajo se distinguen dos labores:

a) Prospección. Es un trabajo preliminar, consistente en localizar los yacimientos en los que han quedado enterrados restos de civilizaciones o asentamientos humanos del pasado. En los primeros tiempos de la arqueología esta búsqueda se realizaba mediante la exploración detallada de las zonas en las que previsiblemente se encontraban los yacimientos. Las técnicas de fotografía aérea, desarrolladas sobre todo a raíz de las dos guerras mundiales, permitieron enfocar la prospección arqueológica de un modo diferente y más eficaz, pues ofrecen al arqueólogo la posibilidad de rastrear amplias zonas en poco tiempo, observando los cambios de color y forma en el paisaje. En la actualidad algunos equipos de investigación arqueológica disponen de sus propios departamentos de fotografía aérea para sus prospecciones. En las últimas décadas, nuevas técnicas han venido a facilitar notablemente las labores de localización de yacimientos. La prospección eléctrica, que en principio fue desarrollada para la localización de petróleo, ha sido también adoptada por la arqueología. Se basa en las propiedades de conductividad eléctrica del suelo, las cuales se ven alteradas por los diferentes materiales que en él se encuentran. Las propiedades magnéticas y las electromagnéticas del suelo, utilizadas en la localización de minas, también han sido adaptadas para su uso arqueológico.

b) Excavación. Es la parte fundamental del trabajo arqueológico. Consiste en la extracción cuidadosa de los materiales y el registro exhaustivo de todo lo encontrado, incluyendo descripciones y fotografías (o dibujos detallados) de los materiales, así como de la disposición en que se encontraban y del entorno. Hay que tener en cuenta que, aunque los objetos rescatados se pueden conservar, el yacimiento sobre el que se realiza una excavación deja de existir tal y como se ha conservado, bien por la propia acción de los excavadores, bien por posteriores actuaciones sobre el entorno, por lo que el registro minucioso de la situación exacta de cada elemento es vital para posteriores análisis de los arqueólogos. La zona a excavar se suele delimitar en áreas marcadas en la superficie del terreno por una cuadrícula y, en profundidad, por estratos, lo cual permite asignar códigos para identificar cada uno de los elementos extraídos. El equipo que debe trabajar en la excavación ha de ser multidisciplinar, incluyendo, entre otros, geólogos, topógrafos, dibujantes, fotógrafos, antropólogos o arquitectos.

Cuando los restos arqueológicos se encuentran sumergidos bajo el agua, hay que recurrir a técnicas de la arqueología subacuática. Este tipo de excavaciones comenzó a desarrollarse en el siglo XX y ha avanzado gracias a instrumentos y técnicas como las creadas por el científico francés Jacques-Yves Cousteau.

Análisis y clasificación

La última parte del trabajo arqueológico es la menos conocida, aunque su importancia es vital para la investigación científica. Al mismo tiempo que se van obteniendo materiales en la excavación, debe comenzar el trabajo de análisis de dichos materiales y del yacimiento en sí. Uno de los aspectos más importantes en la clasificación de los restos arqueológicos es el proceso de datación, es decir, la determinación de la fecha en la que se originaron los restos. La asignación de una edad al yacimiento se puede hacer mediante métodos de datación relativa o absoluta. La datación relativa se lleva a cabo poniendo en relación los restos a analizar con otros restos arqueológicos próximos. La estratigrafía, es decir, la posición que ocupan los restos en los distintos niveles de estratos, es la base principal para obtener una datación relativa. También puede ocurrir que en un yacimiento cuya fecha de origen se desconoce, aparezcan objetos (monedas, joyas, etc.) de otra cultura mejor conocida, lo que permite situar temporalmente los yacimientos que se están analizando. Si bien estos métodos ayudan a los arqueólogos a situar en el tiempo los restos encontrados, los métodos de datación absoluta son, en general, preferidos, pues permiten llegar a una datación más exacta. Para la datación absoluta, los arqueólogos deben recurrir a técnicas científicas complejas. Entre los más utilizados cabe destacar, junto con los ya citados métodos del carbono-14 y la dendrocronología, la datación por termoluminiscencia, que permite fechar la cerámica y puede ser aplicada a restos de mayor antigüedad que los susceptibles de aplicación del carbono-14.